
Fowler sonrió de buena gana.
– ¡Eso sería genial!
– ¿Ha pasado algo hoy que tú sepas?
– Nada importante -dijo Dorothy-. He visto que el jefe de policía se va a reunir otra vez con líderes negros para hablar de los crímenes raciales. Pero ya estamos hartos de eso.
– Voy a llevar a Angela al Parker Center, a ver si encontramos algo.
– Bien.
Al cabo de unos minutos, Angela Cook y yo volvimos a llenarnos las tazas de café y ocupamos una mesa en la cafetería situada en la planta baja, en el espacio donde las viejas rotativas habían girado durante muchas décadas antes de que empezaran a imprimir el diario fuera. La conversación con Angela era encorsetada. La había conocido seis meses antes, cuando la contrataron y Fowler fue pasando por los cubículos a presentarla. Pero desde entonces no había trabajado con ella en ningún artículo, no había comido ni tomado café con ella, ni la había visto en ninguno de los bares favoritos de los veteranos de la redacción.
– ¿De dónde eres, Angela?
– De Tampa. Fui a la Universidad de Florida.
– Buena escuela. ¿Periodismo?
– Hice el máster allí, sí.
– ¿Has hecho reportaje policial?
– Antes de volver de mi máster trabajé dos años en St. Pete. Pasé un año en Sucesos.
Tomé un poco de café, pues lo necesitaba. Tenía el estómago vacío, porque no había podido retener nada en las últimas veinticuatro horas.
– ¿St. Petersburg? ¿De qué estamos hablando, de unas pocas docenas de crímenes al año?
– Con suerte.
Angela sonrió con ironía. Un buen reportero de crímenes siempre codiciaba un buen asesinato del que escribir. La buena suerte del periodista era la mala de alguien.
– Bueno -dije-, aquí si estamos por debajo de los cuatrocientos puede considerarse un buen año. Muy bueno. Los Ángeles es el sitio donde hay que estar si quieres trabajar en Sucesos; si quieres contar historias de asesinatos. Si solo estás haciendo tiempo hasta que surja el siguiente ascenso, probablemente no te gustará.
