
– ¿Qué puedo hacer por usted? -dijo Walker con tono tajante.
– Estoy tratando de localizar a la madre de Alonzo Winslow y me preguntaba si podría ayudarme.
– ¿Y quién es Alonzo Winslow?
Iba a decir, «venga, detective», cuando me di cuenta de que se suponía que yo no debía conocer la identidad del sospechoso. Había leyes que impedían la publicación de nombres de menores acusados de crímenes.
– Su sospechoso en el caso Babbit.
– ¿Cómo conoce ese nombre? Y no lo estoy confirmando.
– Lo entiendo, detective. No le estoy pidiendo que confirme el nombre; lo conozco. Su madre me llamó el viernes y me lo dio. El problema es que no me dejó su teléfono y solo estaba tratando de hablar con ella…
– Que pase un buen día -dijo Walker, interrumpiéndome y colgando el teléfono.
Me recosté en la silla de mi escritorio, tomando nota de que necesitaba decirle a Angela Cook que la nobleza que había mencionado antes no se aplicaba a todos los policías.
– Capullo -dije en voz alta.
Tamborileé con los dedos en el escritorio hasta que se me ocurrió un nuevo plan, el que tendría que haber usado desde el principio.
Cogí línea y llamé a una de mis fuentes en el South Bureau del Departamento de Policía de Los Ángeles, un detective que estaba relacionado con la detención de Winslow.
