– Buena suerte. Y que no te peguen un tiro en el culo hasta que termine mi turno a las cuatro.

– Haré lo posible. ¿Recuerdas la dirección?

– Está en Rodia Gardens. Espera.

Dejó el teléfono mientras buscaba la dirección exacta. Rodia Gardens era un enorme complejo de viviendas de Watts que constituía una ciudad en sí mismo. Se llamaba así por Simon Rodia, el artista que había creado una de las maravillas de la ciudad: las torres Watts. Pero no había nada maravilloso en Rodia Gardens. Era la clase de sitio donde la pobreza, las drogas y el crimen habían sido un pez que se muerde la cola durante décadas. Muchas familias vivían allí y eran incapaces de liberarse de ello. Muchos de sus miembros habían crecido sin haber ido nunca a la playa ni subido a un avión; algunos ni siquiera habían visto una película en el cine.

Braselton volvió a la línea y me dio la dirección completa, pero dijo que no tenía teléfono. Luego le pregunté si tenía el nombre de la abuela y me dijo el que ya conocía: Wanda Sessums.

¡Zas! La mujer que me había llamado. O bien me había mentido al decir que era la madre del sospechoso o la policía no tenía la información correcta. En cualquier caso, ya disponía de la dirección y, con un poco de suerte, pronto pondría una cara a la voz que me había reprendido el viernes anterior.

Después de terminar la llamada con Braselton me levanté de mi cubículo y me acerqué al Departamento Gráfico. Vi a uno de los responsables, Bobby Azmitia, en el escritorio de asignaciones y le pregunté si tenía algún volante por ahí. Miró el registro de personal y nombró a dos fotógrafos que estaban en los coches en busca de arte urbano: fotografías desconectadas de las noticias que pudieran usarse para dar color a la primera página de una sección. Conocía a los dos volantes y uno de ellos era negro. Le pregunté a Azmitia si podía cederme a Sonny Lester para que diera una vuelta conmigo por la autovía 110 y accedió. Lo organizamos para que me recogiera en la puerta del vestíbulo del globo en quince minutos.



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