En cuanto volví a la sala de redacción, comprobé cómo le iba a Angela Cook con el artículo de la unidad de Casos Abiertos y luego fui a la Balsa a hablar con mi SL. Prendergast estaba ocupado escribiendo la primera previsión del día. Antes de que yo pudiera abrir la boca, dijo:

– Ya he recibido la bala de Angela.

La bala y la frase eran, respectivamente, un título de una sola palabra y una frase descriptiva que se añadían a la previsión general con el fin de que los editores, cuando se sentaban a la mesa en la reunión de noticias del día, supieran lo que se estaba preparando para las ediciones digital e impresa y pudieran discutir cuál era un artículo importante, cuál no lo era y qué camino debían seguir.

– Sí, ya lo tiene encarrilado -dije-. Solo quería decirte que me voy a dar una vuelta por el sur con un fotógrafo.

– ¿Qué pasa?

– Todavía nada. Pero puede que tenga algo que contarte luego.

– Vale.

Prendo siempre era generoso dándome cuerda. Ahora ya no importaba, pero antes de que me comunicaran que prescindían de mis servicios siempre había adoptado una posición no intervencionista. Nos llevábamos bien, aunque tampoco era ningún incauto. Tenía que darle explicaciones del uso de mi tiempo y de lo que estaba persiguiendo, pero siempre me daba la ocasión de elaborarlo antes de ponerlo al corriente.

Me alejé de la Balsa en dirección a la zona de ascensores.

– ¿Tienes monedas? -me preguntó Prendergast desde atrás.

Le hice una seña por encima de la cabeza sin volverme. Prendergast siempre me decía eso cuando yo salía de la redacción a investigar un artículo. Era una frase de Chinatown. Ya no usaba teléfonos públicos (ningún periodista lo hacía), pero la idea era clara: mantente en contacto.

El «vestíbulo del globo» era el nombre que recibía la entrada formal al edificio del periódico, situada en la esquina entre la Primera y Spring.



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