
– No necesitarás todo eso si entramos -dije-. Si te deja sacarle una foto, tendrás que hacerlo rápido.
– No me importa no hacer ninguna foto, pero no pienso dejar el material en el coche.
– Entendido.
Cuando llegamos al primer piso, me fijé en que la puerta delantera del apartamento estaba abierta detrás de una puerta mosquitera con barrotes. Me acerqué y eché un vistazo a mi alrededor antes de llamar. No vi a nadie en ninguno de los aparcamientos y patios del complejo. Era como si el lugar estuviera completamente vacío.
Llamé.
– ¿Señora Sessums?
Esperé y enseguida oí una voz al otro lado de la puerta mosquitera. La reconocí de la llamada del viernes.
– ¿Quién es?
– Soy Jack Mc Evoy, del Times. Hablamos el viernes.
La puerta mosquitera lucía la suciedad de años de mugre y polvo incrustado. No veía el interior del apartamento.
– ¿Qué está haciendo aquí?
– He venido a hablar con usted, señora. El fin de semana he estado pensando mucho en lo que me dijo por teléfono.
– ¿Cómo demonios me ha encontrado?
Sabía por la cercanía de su voz que ahora estaba del otro lado de la mosquitera. Solo se adivinaba su silueta a través de la mugre.
– Porque sabía que fue aquí donde detuvieron a Alonzo.
– ¿Quién le acompaña?
– Es Sonny Lester, que trabaja conmigo en el periódico. Señora Sessums, he venido porque he pensado en lo que dijo y quiero revisar el caso de Alonzo. Si es inocente quiero ayudar a sacarlo.
Recalqué el «si».
– Por supuesto que es inocente. No ha hecho nada.
– ¿Podemos entrar y hablar? -dije con rapidez-. Quiero ver qué puedo hacer.
– Pueden pasar, pero no saque fotos, ¿eh? Nada de fotos.
La puerta mosquitera se abrió unos centímetros y yo cogí el pomo y la abrí un poco más. Inmediatamente calculé que la mujer del umbral era la abuela de Alonzo Winslow. Aparentaba unos sesenta años, con rastas teñidas de negro que mostraban canas en las raíces. Estaba delgada como un palo de escoba y vestía tejanos y jersey, aunque no era época de llevar jersey. El hecho de que se hubiera identificado como la madre al llamar el viernes era una curiosidad, pero nada importante. Tenía la sensación de que iba a descubrir que había sido una madre y una abuela para el chico.
