Señaló un rincón donde había un sofá y una mesita de café. Había pilas de ropa doblada en casi todas las superficies y encima de estas trozos de papel con nombres escritos. Oí una lavadora o secadora en algún lugar del apartamento y supe que tenía un pequeño negocio en su vivienda de protección. Quizá por eso no quería fotógrafos.

– Aparte un poco de colada y siéntese. Cuénteme qué va a hacer por mi Zo -dijo la mujer.

Moví una pila de ropa doblada del sofá a una mesa lateral y me senté. Me fijé en que no había ni una sola prenda de color rojo. Las viviendas de Rodia estaban controladas por la banda callejera de los Crips y vestir de rojo -el color de los rivales Blood- podía resultar peligroso.

Lester se sentó a mi lado. Dejó la bolsa de la cámara en el suelo, entre sus pies, y guardó en ella la cámara que llevaba en la mano. Wanda Sessums se quedó de pie delante de nosotros. Subió un cesto de colada a la mesita de café y empezó a sacar y doblar ropa.

– Bueno, quiero revisar el caso de Zo -dije-. Si es inocente como dice, podré sacarlo.

Mantuve el condicional como un vendedor de coches. Me aseguré de no prometer nada que no pudiera cumplir.

– ¿Va a sacarlo así como así? El señor Meyer aún no ha conseguido fecha para ir al tribunal.

– ¿El señor Meyer es su abogado?

– Sí. De oficio. Es un abogado judío.

Lo dijo sin la menor traza de enemistad o prejuicio. Lo afirmó casi como si fuera motivo de orgullo que su nieto hubiera llegado a la categoría de tener un abogado judío.

– Bueno, hablaré con el señor Meyer de todo esto.



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