En ocasiones, señora Sessums, el periódico puede conseguir lo que no puede lograr nadie más. Si yo le digo al mundo que Alonzo Winslow es inocente, entonces el mundo presta atención. Con los abogados no siempre ocurre así, porque ellos siempre dicen que sus clientes son inocentes, tanto si lo creen como si no. Son como el niño del cuento que grita que viene el lobo; lo dicen tanto que cuando de verdad tienen un cliente que es inocente, nadie les cree.

Me miró con expresión socarrona y pensé que o bien estaba confundida o pensaba que la estaban engañando. Traté de seguir adelante para que no se quedara pensando demasiado en lo que había dicho.

– Señora Sessums, si he de investigar esto, ha de llamar al señor Meyer y pedirle que coopere conmigo. Tendré que revisar el sumario del caso y todos los hallazgos.

– Hasta ahora no ha encontrado nada, aunque va por ahí diciendo a la gente que se calme, nada más.

– Me refiero al término legal. El estado, o sea el fiscal, ha de entregar toda la documentación y las pruebas a la defensa para que las vea. Tendré que revisarlo todo si he de trabajar para sacar a Alonzo.

La señora Sessums no parecía estar prestando atención a lo que le acababa de decir. Sacó lentamente la mano del cesto de ropa. Sostenía unas bragas de color rojo. Las apartó como si fueran la cola de una rata muerta.

– ¡Será idiota! Esta chica no sabe con quién está jugando. Escondiendo el rojo… Es tonta y media si cree que no le va a pasar nada.

Se acercó al rincón de la habitación, pisó el pedal de una papelera y echó la rata muerta dentro. Yo asentí con la cabeza como si lo aprobara y traté de volver a encarrilarme.

– Señora Sessums, ¿ha entendido lo que he dicho sobre los hallazgos? Voy a…

– Pero ¿cómo va a decir que mi Zo es inocente si saca la información de la pasma y mienten como la serpiente del árbol?

Tardé un momento en responder mientras consideraba su uso del lenguaje y la yuxtaposición de jerga de la calle y referencias religiosas.



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