– Voy a recopilar todos los hechos y haré mi propio juicio -dije-. Cuando escribí el artículo la semana pasada dije lo que comunicó la policía; ahora voy a descubrirlo por mí mismo. Si su Zo es inocente, lo sabré. Y lo escribiré. Cuando lo escriba, el artículo hará que salga de la cárcel.

– De acuerdo. Está bien. El Señor le ayudará a traer a mi chico a casa.

– Pero también voy a necesitar su ayuda, Wanda.

Pasé a usar su nombre de pila. Ya era hora de hacerle creer que estaba de su parte.

– Cuando se trata de mi Zo, siempre estoy dispuesta a ayudar -dijo ella.

– Bien -asentí-. Déjeme decirle lo que quiero que haga.

Capítulo 3

La granja

Carver estaba en su oficina, con la puerta cerrada. Estaba canturreando para sus adentros y mirando intensamente las pantallas de las cámaras en modo múltiple: treinta y seis imágenes en cada una. Podía examinarlas todas, incluso los ángulos que nadie conocía. Con un movimiento del dedo en la pantalla táctil movió una cámara en ángulo a pantalla completa en el plasma central.

Geneva estaba detrás del mostrador, leyendo un libro de bolsillo. Carver concentró el foco para tratar de ver qué estaba leyendo. No logró distinguir el título, pero sí el nombre de la autora en la parte superior de la página: Janet Evanovich. Sabía que Geneva había leído varios libros de esa autora. Con frecuencia la veía sonriendo mientras lo hacía.

Era una información interesante. Iría a una librería, elegiría un libro de Evanovich y se aseguraría de que Geneva lo viera en su bolsa cuando pasara por la recepción. Serviría para romper el hielo, entablar conversación y quizás algo más.

Movió la lente por control remoto y vio que el bolso de Geneva estaba abierto en el suelo, al lado de su silla. Enfocó y vio cigarrillos, chicles y dos tampones junto con llaves, cerillas y una billetera. Eran esos días del mes. Quizá por eso Geneva había sido tan cortante con él cuando había entrado; apenas le había dicho hola.



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