
Carver miró su reloj. Ya pasaba la hora en que Geneva se tomaba su descanso de la tarde. Yolanda Chávez, de administración, tenía que entrar por la puerta y dejar salir a Geneva. Quince minutos. Carver planeaba seguirla con las cámaras. A fumar, al lavabo a orinar, no importaba. Podría seguirla. Tenía cámaras en todas partes. Vería cualquier cosa que hiciera.
Justo en el momento en que Yolanda entraba por la puerta de recepción, hubo una llamada en la puerta de Carver. Este inmediatamente pulsó una combinación de teclas y las tres pantallas regresaron a los gráficos de datos de tres torres de servidor distintas. No había oído el zumbido de la puerta de seguridad de la sala de control, pero no estaba seguro. Quizá se había concentrado tanto en Geneva que se le había pasado.
– ¿Sí?
La puerta se abrió. Solo era Stone. Carver se enfadó porque había apagado sus pantallas y había interrumpido el seguimiento de Geneva.
– ¿Qué pasa, Freddy? -preguntó con impaciencia.
– Quería preguntarte por las vacaciones -dijo Stone en voz alta.
Entró y cerró la puerta. Movió la silla al otro lado de la mesa de trabajo de Carver y se sentó sin permiso.
– A la mierda las vacaciones -dijo-. Eso era para los de ahí fuera. Quiero hablar de doncellas de hierro. Este fin de semana creo que he encontrado a nuestra siguiente chica.
Freddy Stone era veinte años más joven que Carver. Este se había fijado en él por primera vez mientras acechaba bajo una identidad diferente en una sala de chat de doncellas de hierro. Trató de seguirle la pista, pero Stone era demasiado bueno para eso. Desapareció en la niebla digital.
Impertérrito y aún más intrigado, Carver montó un sitio llamado www.doncellasdehierro.com y, claro, Stone finalmente entró. Esta vez Carver estableció contacto directo y empezó el baile. Asombrado por su juventud, Carver lo reclutó de todos modos, cambió su aspecto e identidad y le hizo de mentor.
