
Su dormitorio es el mismo de siempre. No, no es verdad. Sigue siendo el mismo, pero es distinto. Distinto porque ahora están encima de la consola las cosas de Livia: el bolso, las horquillas para el cabello, dos frasquitos. Y encima de la silla del otro lado de la cama hay una blusa y una falda. Y, aunque no las vea, sabe que en algún lugar cercano al lecho hay un par de zapatillas de color rosa. Se conmueve. Se derrite, se reblandece por dentro, se licua. Desde hace veinte días experimenta esa nueva sensación, que no logra controlar. Cualquier nimiedad basta para llevarlo al borde de la conmoción. Y se avergüenza de esa fragilidad emocional, se irrita y se ve obligado a elaborar complejos mecanismos de defensa para que los demás no se den cuenta. Pero con Livia no, con ella no lo ha conseguido. Y Livia ha decidido ayudarlo, tenderle la mano, aunque lo trata con cierta dureza, pues no quiere brindarle pretextos para que se deje vencer. Sin embargo, todo es inútil porque la amorosa actitud de Livia también lo aboca a una mezcla de emoción y felicidad. Porque se alegra de que ella haya hipotecado sus vacaciones para cuidarlo y sabe que la casa de Marinella también se alegra de su presencia. Desde que está ella y contemplado a la luz del día, es como si su dormitorio hubiera recuperado el color, como si las paredes se hubiesen pintado de un blanco resplandeciente. Puesto que nadie lo mira, se enjuga una lágrima con la punta de la sábana.
Todo es blanco, y en ese blanco sólo el marrón (¿antes era rosa?, ¿cuántos siglos hace de eso?) de su piel desnuda. Blanca la sala donde están haciéndole el electrocardiograma. El médico examina la larga tira de papel y mueve la cabeza con gesto dubitativo. Aterrorizado, Montalbano se imagina que el gráfico que el doctor sostiene es idéntico al que dibujó el sismógrafo durante el terremoto de Mesina de 1908 y que tuvo ocasión de ver reproducido en una revista de historia: un ovillo desesperado e insensato, como trazado por una mano enloquecida por el miedo.
