
«¡Me han descubierto! -piensa-. ¡Se han dado cuenta de que mi corazón funciona con corriente alterna, a la buena de Dios, y de que he sufrido por lo menos tres infartos!»
Después entra otro médico en la habitación, también con bata blanca. Mira la tira de papel, mira a Montalbano, mira a su compañero.
– Vamos a repetirlo -dice.
A lo mejor no dan crédito a sus ojos, no comprenden cómo un hombre con semejante electrocardiograma puede estar todavía en una cama de hospital, en lugar de sobre una mesa de mármol en un depósito de cadáveres. Estudian la nueva tira, esta vez con las cabezas muy juntas.
– Hagámosle la ecografía cardíaca -deciden, más perplejos que convencidos.
Montalbano querría decirles que, tal como están las cosas, sería mejor que no se molestaran ni en extraerle la bala. Que lo dejen morir en paz. Pero, maldita sea, no ha pensado en hacer testamento. La casa de Marinella, por ejemplo, tiene que ir aparar a Livia, antes de que aparezca cualquier primo de cuarto grado a reclamarla.
Pues sí, porque desde hace unos años la casa de Marinella es suya. Creía que jamás conseguiría comprarla, pues era demasiado cara y su sueldo no le permitía ahorrar mucho. Pero un día el socio de su padre le escribió diciéndole que estaba dispuesto a liquidar la parte que le correspondía a su padre de la empresa vinícola, una suma considerable. Y de esa manera, no sólo tuvo dinero para comprar la casa, sino que le sobró para ingresar cierta cantidad en el banco. Para la vejez. Y por consiguiente debía hacer testamento, pues sin proponérselo se había convertido en propietario. Sin embargo, cuando salió del hospital no fue al notario. De todos modos, en caso de que finalmente decidiera ir, la casa le correspondería a Livia, eso estaba fuera de duda.
