A François… a aquel hijo suyo que no era su hijo pero que habría podido serlo, sabía muy bien qué dejarle. Dinero para comprarse un buen coche. Ya veía el rostro indignado de Livia. ¡Pero cómo! ¡Eso es malcriarlo! Sí, señora. A un hijo que no es un hijo pero que habría podido (¿debido?) serlo, hay que malcriarlo mucho más que a un hijo que es un hijo. Un argumento un poco cogido por los pelos, cierto, pero argumento al fin. ¿Y a Catarella? Porque estaba claro que Catarella tendría que figurar en su última voluntad. ¿Qué le legaba a él? Libros por supuesto que no. Trató de recordar una vieja canción de soldados, El testamento del capitán o algo así, pero no lo consiguió. ¡El reloj! Ya está, a Catarella le dejaría el reloj de su padre que el socio le había enviado. Así se sentiría como uno de la familia. El reloj, y listo.

No puede ver el reloj de la sala donde están haciéndole la ecografía cardíaca porque tiene una especie de velo grisáceo delante de los ojos. Los médicos están ocupados contemplando atentamente una especie de televisor; de vez en cuando desplazan un ratón.

Uno de ellos, el que debía operarlo, se llama Strazzera, Amedeo Strazzera. Esta vez del aparato no sale una tirita de papel, sino una serie de fotografías o algo por el estilo. Los dos hombres miran y remiran, y al final suspiran como agotados por una larguísima caminata. Strazzera se acerca a él mientras su compañero se acomoda en una silla, naturalmente blanca, y lo observa muy serio. Después se inclina hacia delante. Montalbano cree que le dirá: «¡Deje de fingir que está vivo! ¡Vergüenza debería darle!»

¿Cómo era aquella poesía?

«El pobre hombre que muerto había seguía combatiendo y no lo sabía.»

Pero el doctor no dice nada y empieza a auscultarlo con el estetoscopio. ¡Como si no lo hubiera hecho veinte veces ya! Al final endereza la espalda, mira a su compañero y pregunta:

– ¿ Qué hacemos?



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