
No puede ver el reloj de la sala donde están haciéndole la ecografía cardíaca porque tiene una especie de velo grisáceo delante de los ojos. Los médicos están ocupados contemplando atentamente una especie de televisor; de vez en cuando desplazan un ratón.
Uno de ellos, el que debía operarlo, se llama Strazzera, Amedeo Strazzera. Esta vez del aparato no sale una tirita de papel, sino una serie de fotografías o algo por el estilo. Los dos hombres miran y remiran, y al final suspiran como agotados por una larguísima caminata. Strazzera se acerca a él mientras su compañero se acomoda en una silla, naturalmente blanca, y lo observa muy serio. Después se inclina hacia delante. Montalbano cree que le dirá: «¡Deje de fingir que está vivo! ¡Vergüenza debería darle!»
¿Cómo era aquella poesía?
«El pobre hombre que muerto había seguía combatiendo y no lo sabía.»
Pero el doctor no dice nada y empieza a auscultarlo con el estetoscopio. ¡Como si no lo hubiera hecho veinte veces ya! Al final endereza la espalda, mira a su compañero y pregunta:
– ¿ Qué hacemos?
