
– Yo haría que lo examinara Di Bartolo.
¡Di Bartolo! Una leyenda. Montalbano lo había conocido tiempo atrás. Ya era un anciano de setenta y tantos años, enjuto, con una barbita blanca que le confería aspecto de cabra e incapaz de adaptarse a la convivencia civilizada y las buenas maneras. Al parecer, en cierta ocasión le dijo a un tipo con fama de usurero que no podía hacerle nada porque no había conseguido localizarle el corazón.
Y otra vez, a uno que estaba tomando un café en el bar y a quien jamás había visto, le soltó de pronto: «¿Sabe usted que está apunto de sufrir un infarto?» Y lo bueno es que al hombre le dio inmediatamente el infarto, tal vez porque acababa de decírselo una lumbrera como Di Bartolo. Pero ¿por qué aquellos dos querían llamarlo si ya no había nada que hacer? Quizá porque deseaban enseñarle al viejo maestro aquel fenómeno que tenían delante, alguien que inexplicablemente seguía viviendo con un corazón que parecía la ciudad de Dresde en 1945.
Mientras tanto, deciden llevarlo de nuevo a su habitación. Cuando abren la puerta, él oye la voz de Livia que lo llama, desesperada:
– ¡Salvo! ¡Salvo!
No le apetece contestar. ¡Pobrecilla! Había ido a Vigàta para pasar unos días con él, y se encuentra con esa bonita sorpresa.
– ¡Menuda sorpresa! -le había dicho Livia la víspera cuando, a su regreso del hospital de Montelusa para una visita de control, él entró en casa con un gran ramo de rosas. E inmediatamente se echó a llorar.
– ¡Vamos, no te pongas así! -la consoló, reprimiéndose también a duras penas.
– ¿Y por qué no?
– Jamás lo habías hecho…
– Y tú, ¿cuándo me has regalado un ramo de rosas?
Le apoyó con suavidad la mano en el costado para no alterarla.
Había olvidado, o cuando lo conoció no reparó en ello, queel profesor Di Bartolo, aparte del aspecto, también tenía voz de cabra.
– Buenos días a todos -bala el doctor entrando con 