un séquito de médicos rigurosamente enfundados en batas blancas.

– Buenos días -contestan todos menos Montalbano, que hasta la aparición del profesor en el umbral estaba solo en la habitación.

El anciano se acerca a la cama y lo mira con interés.

– Veo con sumo placer que, a pesar de mis colegas, todavía disfruta usted del pleno uso de sus facultades mentales.

Hace un gesto y Strazzera se acerca y le entrega los resultados de las pruebas. El profesor estudia por encima la primera, la arroja sobre la cama, y lo mismo hace con la segunda, la tercera y la cuarta, hasta que la cabeza y el tronco de Montalbano desaparecen bajo los papeles. A continuación, el comisario oye la voz del doctor, a quien no puede ver porque las fotografías de la ecografía cardíaca que le ha lanzado han ido aparar sobre sus ojos.

– ¿Puedo saber por qué me han llamado? -El balido suena más bien irritado; es evidente que la cabra está empezando a cabrearse.

– Verá, profesor -dice la vacilante voz de Strazzera-, es que uno de los ayudantes del comisario nos ha revelado que hace unos días sufrió un grave episodio de…

¿De qué? Montalbano no consigue oír a Strazzera. A lo mejor está resumiéndole el capítulo al oído. ¿Capítulo? ¿A qué viene eso de «capítulo»? Esto no es un culebrón. Strazzera ha dicho «episodio». Pero ¿acaso el capítulo de un culebrón no se llama también episodio?

– Incorpórenlo -ordena el profesor. Le quitan los papeles de encima y lo levantan con cuidado. Un círculo de médicos vestidos de blanco rodea la cama en religioso silencio. Di Bartolo le apoya el estetoscopio sobre el pecho, después lo desplaza unos centímetros, vuelve a desplazarlo y se detiene. Al verle la cara tan de cerca, el comisario se da cuenta de que el profesor hace un constante movimiento con las mandíbulas, como si mascara chicle. Pero enseguida lo comprende: está rumiando. Di Bartolo es una auténtica cabra. Inmóvil, se limita a escuchar. «¿ Qué oye de lo que ocurre en el interior de mi corazón?», se pregunta Montalbano. ¿Derrumbamientos de edificios? ¿Grietas que se abren repentinamente? ¿Bramidos subterráneos? Di Bartolo continúa auscultando sin desplazarse ni un milímetro del punto que ha identificado. Pero ¿no le duele la espalda de tanto permanecer inclinado? El comisario empieza a sudar de miedo y el profesor se incorpora. -Ya basta.



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