Esas son, sin duda, unas de las palabras más estremecedoras del idioma, pero no tenía intención de dejar caer la mandíbula. Mis manos, que habían estado enroscadas en mi regazo, se aferraron mutua y convulsivamente durante un instante, mientras me permitía recuperar el aliento larga y silenciosamente.

– ¿A qué se refiere con «todo»? -pregunté.

Bubba Sewell me dijo que todo lo que había en la casa de Jane, su contenido y la mayor parte de lo que había en su cuenta bancaria. Había legado su coche y cinco mil dólares a su primo Parnell y su esposa Leah, a condición de que se quedasen con su gata Madeleine. Me sentí aliviada. Nunca había tenido una mascota y no habría sabido muy bien qué hacer con el animal.

No tenía la menor idea de lo que debía hacer o decir. Estaba tan estupefacta que no alcanzaba a pensar qué sería lo más apropiado. Había pasado mi particular luto cuando supe que Jane había muerto, así como un momento antes en la lápida, pero sabía que dentro de poco me sentiría jubilosa, ya que últimamente había tenido problemas económicos. Sin embargo, en ese momento no era capaz de salir de mi asombro.

– ¿Por qué haría algo así? -le pregunté a Bubba Sewell-. ¿Lo sabe usted?

– Cuando vino a hacer el testamento el año pasado, cuando hubo todos esos problemas en el club al que ambas pertenecían, dijo que era la mejor forma que se le ocurría de que al menos alguien no se olvidase nunca de ella. No quería que le pusieran su nombre a un edificio. No era ninguna… -el abogado buscó la palabra adecuada- filántropa. No era una persona pública. Quería legar su dinero a una persona, no a una causa, y no creo que se llevara del todo bien con Parnell y Leah… ¿Los conoce?

Lo cierto es que soy una rareza en el sur; una «visitaiglesias». Había conocido al primo de Jane y a su esposa en una de las iglesias a las que solía acudir, no recordaba cuál, aunque creo que era una de las instituciones más fundamentalistas de Lawrenceton. Cuando se presentaron, les pregunté si estaban relacionados con Jane y Parnell admitió que era el primo, aunque con la boca pequeña. Leah se había limitado a mirarme y articular tres palabras durante toda la conversación.



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