
– Coincidí con ellos -le dije a Sewell.
– Son mayores y no han tenido hijos -explicó el abogado-. Jane pensaba que no la sobrevivirían mucho tiempo y que probablemente dejarían su dinero a su iglesia, cosa que ella no quería. Así que, después de mucho pensárselo, se decidió por usted.
Yo también me permití darle varias vueltas durante un instante. Levanté la vista y me encontré al abogado lanzándome una mirada especulativa con retazos de desaprobación personal. Me imaginé que pensaba que Jane debió dejar su dinero a alguna institución de investigación del cáncer, a la protectora de animales o a algún orfanato.
– ¿Cuánto hay en la cuenta? -pregunté bruscamente.
– Oh, en la cuenta de cheques alrededor de tres mil -dijo-. Tengo los últimos extractos en la carpeta. Por supuesto, aún tienen que pasar algunas facturas de la reciente estancia de Jane en el hospital, pero el seguro se encargará de la mayor parte.
¡Tres mil! No estaba nada mal. Terminaría de pagar mi coche, lo que ayudaría con creces a mi presupuesto mensual.
– Ha dicho «cuenta de cheques» -dije tras pensarlo-. ¿Es que hay otra cuenta?
– Y tanto -contestó Sewell, recuperando su tono más cordial e inofensivo-. ¡Sí, señorita! La señora Jane tenía una cuenta de ahorros que apenas tocó. Intenté animarla un par de veces a que invirtiese, o que al menos comprase un certificado de depósito o un bono, pero se negó. Le gustaba tener su dinero en el banco. -Sewell agitó su incipiente calvicie un par de veces y se reclinó en el sillón.
Durante un fugaz segundo deseé que se volcara con él encima.
– ¿Podría saber cuánto hay en esa cuenta? -pregunté entre unos dientes que no tenía del todo apretados.
