
Cuando abrió la puerta de su despacho yo me estaba preguntando cómo la mordaz de Jane había soportado a Bubba Sewell. Cuando vi que tenía tres empleados en su diminuto despacho, me di cuenta de que debía de ser más inteligente de lo que aparentaba, además de los inequívocos signos de prosperidad, como adornos del catálogo Sharper Image, cuadros importantes en las paredes, tapicería de cuero en las sillas, etcétera. Observé el despacho de Sewell mientras daba unas instrucciones rápidas a la elegante secretaria pelirroja que se encontraba en la primera línea de defensa. No parecía tonta y lo trató con una especie de respeto amistoso.
– Bueno, bueno, veamos lo suyo, señorita Teagarden -dijo alegremente el abogado cuando nos quedamos a solas-. ¿Dónde está esa carpeta? ¡Santo cielo, tiene que estar en alguna parte de este caos!
Buscó agitadamente entre los papeles que se amontonaban en su escritorio. Por el momento no me había dejado engañar. Por alguna razón, Bubba Sewell encontraba esa imitación de la torpeza de lord Peter Wimsey útil, pero de tonto no tenía un pelo.
– ¡Aquí está! ¡La tuve delante de las narices todo el tiempo! -Agitó la carpeta como si su existencia se hubiese puesto en duda.
Plegué las manos en mi regazo y procuré que el suspiro no fuese demasiado obvio. Tenía todo el tiempo del mundo, pero eso no quería decir que quisiera perderlo como la solitaria audiencia de un monólogo teatral.
– Qué bien, me alegro de que la haya encontrado -dije.
La mano de Bubba Sewell se quedó quieta mientras me lanzaba una aguda mirada desde debajo de sus pobladas cejas.
– Señorita Teagarden -anunció, prescindiendo por completo de su aspecto de buen universitario-, la señora Engle le ha legado todo lo que tenía.
