Bubba Sewell se encendió. Al fin había hecho la pregunta correcta. Se catapultó hacia delante en su sillón provocando un sonoro crujido, tomó la carpeta y sacó otro extracto bancario.

– Bueeeeno -dijo arrastrando las sílabas, resoplando en la abertura del sobre y sacando el papel que había en su interior-. El mes pasado, esa cuenta tenía…, veamos… Sí, unos quinientos cincuenta mil dólares.

Quizá, después de todo, no sería el peor año de mi vida.

Capítulo 2

Salí flotando del despacho de Bubba Sewell intentando disimular la felicidad que me inundaba. Me acompañó hasta el ascensor, observándome como si no fuese capaz de entender lo que ocurría dentro de mí. Bueno, era mutuo, pero en ese momento no me importaba lo más mínimo, no señor.

– Ella lo heredó de su madre -explicó Sewell-. La mayor parte. Cuando su madre murió, la señora Engle vendió la casa, que era muy amplia y cara, y repartió el dinero con su hermano. Entonces murió él y le dejó dicha parte casi intacta, además de su patrimonio, que ella transformó en dinero. Él era un banquero de Atlanta.

Tenía dinero. Tenía mucho dinero.

– Nos veremos en la casa de Jane mañana y echaremos un vistazo al contenido. Puede que le lleve algunos documentos para que los firme. ¿Le parece bien a las nueve y media?

Asentí con los labios apretados para no dejar escapar una sonrisa.

– ¿Sabe dónde está la casa?

– Sí. -Respiré aliviada por la llegada del ascensor cuando se abrieron las puertas.

– Bien, nos vemos mañana por la mañana, señorita Teagarden -dijo el abogado recolocándose las gafas sobre la nariz y volviéndose mientras se cerraban las puertas del ascensor conmigo dentro.

Pensé que, si gritaba, el eco reverberaría excesivamente en el ascensor, pero me permití una risa de baja intensidad.

– Ji, ji, ji, jiii. -Duró toda la bajada, hasta que las puertas se volvieron a abrir y salí a un vestíbulo de mármol.



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