Conseguí llegar a mi casa, en Parson Road, sin chocar con nadie. Aparqué en mi plaza buscando ideas para celebrarlo. El joven matrimonio que había alquilado la casa de Robin, a la izquierda de la mía, saludó con las manos titubeando a mi sonriente aspaviento. La plaza de aparcamiento de los Crandall, a la derecha, estaba vacía; estaban visitando a uno de sus hijos casados en otra ciudad. La mujer que finalmente alquiló la casa de Bankston Waites estaba trabajando, como siempre. Había un coche desconocido aparcado en la segunda plaza de mi adosado, pero como no vi a nadie di por sentado que se trataba de una visita de alguno de los inquilinos que no sabía descifrar.

Abrí la verja de mi patio canturreando y dando saltitos de alegría (no se me da muy bien bailar) y sorprendí a un extraño vestido de negro, pegando una nota en mi puerta trasera.

Fue como un concurso para ver cuál de los dos se sobresaltaba más.

Tuve que observarlo durante unos segundos para averiguar quién era. Al fin lo reconocí como el sacerdote episcopaliano que había oficiado el matrimonio de mi madre y el funeral de Jane Engle. Hablé con él en la recepción de la boda, pero no durante el funeral de esa misma mañana. Medía algo más de metro ochenta y tres, probablemente estaba al borde de la cuarentena. Su pelo canoso empezaba a hacer juego con sus ojos grises y lucía un impecable bigote y un alzacuello.

– Señorita Teagarden, le estaba dejando una nota -dijo, recuperándose dignamente de la sorpresa de verme cantar y brincar en la entrada.

– Padre Scott -contesté con firmeza tras dar con su nombre en algún rincón de mi mente en el último momento-, me alegro de verle.

– Hoy parece estar muy contenta -observó, mostrando una excelente dentadura a través de una sonrisa prudente. Quizá pensaba que estaba borracha.

– Bueno, como ya sabe, estuve en el funeral de Jane -empecé a decir, pero al ver que arqueaba ostensiblemente las cejas me di cuenta de que había empezado el relato por donde no debía-. Pase, por favor, y le explicaré por qué estoy tan contenta cuando podría parecer tan… inapropiado.



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