– Bueno, si tiene un momento, pasaré. Espero no haberla cogido en un momento inoportuno. Y, por favor, llámeme Aubrey.

– No, no es mal momento. Y llámeme Aurora. O Roe, la mayoría me llama Roe. -La verdad es que me apetecía tener un momento a solas para acostumbrarme a la idea de ser rica, pero compartir la noticia con alguien también sería divertido. Intenté recordar si la casa estaba muy desordenada-. Por favor, pase, prepararé un poco de café. -Y se me escapó una carcajada.

Estaba segura de que pensaba que había perdido la cabeza, pero ya no podía echarse atrás.

– No he tenido ocasión de hablar con usted desde que se casó mi madre -balbuceé mientras introducía la llave en la cerradura y abría la puerta que daba a la cocina y la zona de estar. Bien, estaba bastante ordenado.

– John es un hombre maravilloso y un fiel miembro de nuestra congregación -dijo, obligándose a bajar la mirada ahora que estaba más cerca de mí. ¿Cómo es que nunca conocía a hombres bajitos? Estaba condenada a ir por la vida con un calambre en el cuello-. ¿John y su madre siguen de luna de miel?

– Sí. Se lo están pasando tan bien que no me sorprendería que la prolongasen. Mi madre no se coge unas vacaciones desde hace seis años. Ya sabe que es propietaria de una inmobiliaria.

– Eso me contó John -dijo Aubrey Scott educadamente. Aún estaba de pie junto a la puerta.

– ¡Oh, he olvidado mis modales! ¡Por favor, pase y siéntese! -Arrojé el bolso sobre la encimera e indiqué el sofá de dos plazas de ante marrón de la «sala de estar», que estaba al otro lado de la cocina.

Estaba claro que el sillón era mi rincón especial, a tenor de la lámpara de detrás para leer y el libro depositado sobre la pequeña mesa delante, junto a una taza sucia de café y unas cuantas revistas. Aubrey Scott escogió sabiamente uno de los extremos del sofá de dos plazas.



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