
– Escuche -dije, sentándome frente a él en el sillón-. Tengo que decirle por qué estoy tan contenta hoy. Normalmente este no es mi carácter. -Lo cual era cierto, por desgracia-. Jane Engle me ha dejado mucho dinero y, aunque pueda sonar avaricioso, he de admitir que estoy como unas castañuelas.
– No la culpo -respondió el sacerdote sinceramente. Me he dado cuenta de que, si hay una cosa que se les da bien a los sacerdotes, esa es proyectar su sinceridad-. Si alguien me hubiese dejado tanto dinero, también estaría saltando de alegría. No tenía idea de que Jane fuese… Que tuviese tanto que dejar a nadie.
– Ni yo tampoco. Siempre fue muy frugal. ¿Algo de beber? ¿Café? ¿O quizá algo más fuerte?
Supuse que la pregunta no era inapropiada, ya que se trataba de un sacerdote episcopaliano. Si hubiese sido, digamos, el pastor de Parnell y Leah Engle, me habría ganado un buen sermón.
– Si por algo más fuerte se refiere a alcohol, creo que aceptaré la oferta. Son pasadas las cinco y los funerales siempre me dejan agotado. ¿Qué tiene? ¿Ginebra, quizá?
– La verdad es que sí. ¿Qué le parece un Seven and Seven?
– Estupendo.
Mientras mezclaba un poco de Seagram’s 7 con un 7Up, disponía unas servilletas y unos frutos secos, caí en la cuenta de lo extraño de la visita de un sacerdote episcopaliano. Tampoco podía preguntarle directamente «¿Qué estás haciendo aquí?», pero no por ello sentía menos curiosidad. Bueno, ya sacaría él el tema. La mayoría de los sacerdotes de Lawrenceton han tenido que devolverme al buen camino alguna vez que otra. Soy una feligresa bastante regular, pero rara vez voy dos veces seguidas a la misma iglesia.
No habría estado mal poder subir para quitarme la ropa del funeral y ponerme algo menos formal, pero supuse que saldría corriendo por la puerta trasera si le decía que me iba a poner algo más cómodo.
