Sí que me quité los zapatos de tacón, manchados del barro del cementerio, al sentarme.

– Bueno, hábleme de su herencia -sugirió él tras una incómoda pausa.

No pude volver a mi excitación inicial, pero sí noté una creciente sonrisa en mis labios al hablarle de mi amistad con Jane Engle y el abordaje de Bubba Sewell tras el servicio funerario.

– Es asombroso -murmuró-. Ha sido bendecida.

– Eso creo -convine de todo corazón.

– ¿Y me dice que no era especialmente amiga de Jane?

– No. Éramos amigas, pero a veces pasaba un mes sin que nos viéramos. Tampoco lo teníamos muy en cuenta.

– Supongo que no habrá tenido tiempo para pensar qué hacer con un legado tan inesperado.

– No. -Y si me proponía alguna buena causa, me fastidiaría. Me apetecía medrar en el orgullo de ser propietaria de una pequeña casa y una gran (al menos para mí) fortuna, al menos durante un tiempo.

– Me alegro por usted -dijo, y se produjo otra incómoda pausa.

– ¿Me estaba dejando una nota por algo en lo que pudiera ayudarle…? -dejé morir la frase. Intenté mantener aspecto de inteligente expectativa.

– Bueno -contestó con azorada risa-, en realidad yo… Es una tontería, estoy actuando como si hubiese vuelto al instituto. En realidad…, solo quería pedirle una cita. Salir.

– Una cita -repetí estupefacta.

Enseguida noté que mi sorpresa no le estaba sentando demasiado bien.

– No es que me parezca extraño -dije apresuradamente-. Es que simplemente no me lo esperaba.

– Porque soy sacerdote

– Bueno…, sí.

Lanzó un suspiro y abrió la boca con expresión resignada.

– ¡No, no! -maticé, alzando las manos-. ¡No me lance un discurso de «Solo soy humano», si es que iba a hacerlo! ¡He sido torpe y descortés, lo admito! ¡Claro que podemos salir!

Sentía que se lo debía de alguna manera.

– ¿No está envuelta en ninguna relación en este momento? -me interrogó con prudencia.



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