Me pregunté si de verdad tenía que llevar el alzacuello durante las citas.

– No, no desde hace un tiempo. De hecho, hace unos meses acudí a la boda de mi último novio.

De repente, Audrey Scott sonrió y sus ojos grises se arrugaron en las comisuras. Estaba monísimo.

– ¿Qué le apetecería hacer? ¿Ir al cine?

No había salido con nadie desde que Arthur y yo habíamos roto. Cualquier cosa me sonaba apetecible.

– Está bien -dije-. Pero tutéame.

– Está bien. Quizá podríamos ir a una sesión temprana y cenar luego.

– Me parece bien. ¿Cuándo?

– ¿Mañana por la noche?

– Vale. La primera sesión suele empezar a las cinco, si vamos a una triple. ¿Algo especial que te apetezca ver?

– Podemos decidirlo allí mismo.

Era muy posible que hubiera en la cartelera tres películas que no me apeteciese ver, pero también existía la probabilidad de que alguna de ellas me pareciese tolerable.

– Vale -repetí-, pero si me invitas a cenar, yo quiero invitarte a la película.

Parecía dubitativo.

– Soy un tipo más bien tradicional -admitió-. Pero si quieres que lo hagamos así, será una nueva experiencia para mí. -Parecía bastante osado con la idea.

Cuando se marchó, apuré lentamente mi bebida. Me pregunté si las reglas para salir con miembros del clero se diferenciaban con las de salir con chicos normales. Me dije a mí misma, con vehemencia, que los clérigos eran chicos normales, hombres como otros que se relacionaban profesionalmente con Dios. Sabía que estaba siendo ingenua al pensar que tenía que actuar diferente con Audrey Scott en comparación con cualquier otra cita. Si era tan maliciosa o iba tan desencaminada como para pensar que tenía que censurar constantemente mi conversación con un sacerdote, entonces era que necesitaba experimentarlo sin lugar a dudas. Quizá sería como salir con un psiquiatra; siempre está el miedo de que descubra algo de tu personalidad de lo que ni tú misma eres consciente. Bueno, esa cita sería una «experiencia aleccionadora» para mí.



17 из 167