¡Vaya día! Sacudí la cabeza y subí pesadamente las escaleras a mi habitación. De ser una bibliotecaria pobre, preocupada y humillada, había pasado a ser una heredera rica, segura y deseable.

El impulso de compartir mi nuevo estatus era prácticamente irresistible. Pero Amina había vuelto a Houston y ya estaba bastante preocupada con su inminente boda; mi madre estaba de luna de miel (cómo disfrutaría contándoselo); mi compañera, Lillian Schmidt, hallaría alguna manera para hacerme sentir culpable y mi especie de amiga Sally Allison querría contar la historia en su periódico. Desearía poder decírselo a Robin Crusoe, mi amigo y escritor de novelas de misterio, pero se encontraba en Atlanta tras decidir que compaginar su domicilio en Lawrenceton y su puesto docente allí era demasiado; o al menos esa era la razón que me había dado. A menos que pudiera decírselo cara a cara, no disfrutaría plenamente del anuncio. Su cara era una de mis favoritas.

Puede que algunas celebraciones simplemente deban quedar en la esfera de lo privado. Un grito de alegría tampoco hubiese sido muy apropiado, ya que Jane había tenido que morir para dar lugar a tanta felicidad. Me quité el vestido negro y me puse un albornoz. Bajé a ver una película antigua y comerme media bolsa de galletas saladas, seguida de medio litro de helado de chocolate con caramelo.

Las herederas pueden hacer lo que quieran.


La mañana siguiente amaneció con lluvia, un corto chaparrón de verano que prometía una tarde bochornosa. Los truenos eran secos e impresionaban y no pude evitar dar un respingo con cada uno mientras bebía mi café. Tras recoger el periódico (solo se había mojado un poco) de las, por lo demás, infrautilizadas escaleras delanteras que daban a Parson Road, comenzó a escampar. Cuando terminé de ducharme, vestirme y prepararme para mi cita con Bubba Sewell, el sol ya había salido y la humedad empezaba a evaporarse de los charcos formados en el aparcamiento, más allá del patio. Puse la CNN un rato -las herederas tienen que estar bien informadas-, tonteé con el maquillaje, me comí un plátano y limpié la pila de la cocina. Había llegado la hora de irme.



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