
No sabía exactamente por qué estaba tan emocionada. El dinero no iba a aparecer apilado en medio del piso. Debería esperar unos dos meses para poder disponer de él efectivamente, según palabras de Sewell. Ya había estado antes en la pequeña casa de Jane, y la verdad es que no tenía nada de especial.
Bueno, ahora era de mi propiedad. Jamás había sido propietaria de algo tan grande.
También me había emancipado de mi madre. Podría haberlo hecho con mi salario de bibliotecaria, aunque habría sido más difícil, pero el trabajo de administradora, que suponía un lugar gratis donde vivir y un salario extra, había supuesto una notable diferencia.
Me había despertado varias veces durante la noche con la idea de irme a vivir a la casa de Jane. Mi casa. O, tras arreglar todos los papeles, venderla y comprar otra en otra parte.
Esa mañana, mientras arrancaba el coche para salir por Honor Street, el mundo se me presentaba tan lleno de posibilidades que resultaba aterrador, desde el punto de vista feliz, por supuesto.
La casa de Jane se encontraba en uno de los barrios residenciales más antiguos de la ciudad. Las calles tenían nombres de virtudes. Se llegaba a Honor por Faith
Las caléndulas que Jane había plantado alrededor de su buzón habían muerto por falta de riego, según pude comprobar al salir del coche. De alguna manera, ese detalle me devolvió completamente a la sobriedad. Las manos que habían plantado esas resecas flores amarillas se encontraban ahora a dos metros bajo tierra y permanecerían quietas para siempre.
Llegué un poco temprano, así que me tomé un instante para contemplar mi nuevo barrio.
