
La casa de la esquina, a la derecha de la de Jane según miraba yo, tenía unos preciosos rosales en el porche delantero. La de la izquierda había sufrido muchas reformas, de modo que las sencillas líneas originales habían sido oscurecidas. Le habían añadido ladrillo, habían conectado al resto de la casa una cochera con un apartamento en la parte superior mediante un pasillo cubierto, y habían instalado una terraza cubierta en la parte de atrás. El resultado no era muy alentador. La última casa de la calle estaba junto a esa, y recordé que el editor del periódico, Macon Turner, que en su día salió con mi madre, vivía allí. La casa de enfrente a la de Jane, un edificio bonito con contraventanas amarillo canario, lucía un gran cartel de inmobiliaria con la palabra «vendido» cruzada. La casa de la esquina de ese lado de la calle era en la que Melanie Clark, otra de las socias del desaparecido club Real Murders, estuvo alquilada una temporada. Ahora, una gran rueda tirada en el camino indicaba la presencia de niños en las inmediaciones. Una casa ocupaba las últimas dos parcelas de ese lado, un lugar bastante dilapidado con un solitario árbol plantado en un amplio jardín. Parecía inerte, las persianas amarillas bajadas. Le habían adosado una rampa para sillas de ruedas.
A esas horas de esa mañana de verano reinaba una pacífica tranquilidad. Pero detrás de las casas del lado de la de Jane había un gran aparcamiento para el instituto, con una alta verja que impedía que nadie arrojara basura al jardín de Jane o lo usara como atajo. Estaba convencida de que habría mucho más ruido durante los meses lectivos, a pesar de que en ese momento el aparcamiento se encontrase desierto. Poco más tarde, una mujer en la casa que hacía esquina en la calle de enfrente puso en marcha el cortacésped y ese maravilloso sonido veraniego me hizo sentir más relajada.
«Lo tenías todo planeado, Jane», pensé. «Querías que me viniese a tu casa. Me conocías y me escogiste por ello».