
El BMW de Bubba Sewell apareció por el camino. Respiré hondo y avancé hacia él.
Me entregó las llaves. Mi mano se cerró con fuerza sobre ellas. Era como una investidura formal.
– Puede empezar a trabajar en la casa cuando quiera, para despejarla, prepararla para venderla o lo que le plazca; le pertenece y nadie podrá decir lo contrario. He avisado para que cualquiera con una reclamación sobre la propiedad lo anuncie, pero hasta el momento nadie ha dado el paso. Pero, por supuesto, no podemos gastar el dinero -me exhortó agitando un dedo-. Las facturas de la casa aún me están llegando a mí en calidad de albacea, y así seguirá siendo hasta que todo quede legalizado.
Era como tener seis años y estar a una semana de tu cumpleaños.
– Esta -dijo, señalando una de las llaves- abre el cerrojo de la puerta principal. Esta otra abre la cerradura. Esta, más pequeña, es de la caja de seguridad que Jane tenía en el Eastern National, donde tiene algunas joyas y algunos documentos, no mucho, la verdad.
Abrí la puerta y pasamos dentro.
– Mierda -dijo Bubba Sewell de manera muy poco ortodoxa para un abogado.
Había cojines esparcidos por todo el salón. Al fondo se veía la cocina, donde reinaba un desorden similar.
Alguien había entrado por la fuerza.
Una de las ventanas traseras, la del dormitorio de invitados, había sido forzada. Hasta entonces, había sido una prístina habitación de dos camas gemelas cubiertas con adornos de felpilla blanca. El papel de la pared presentaba motivos florales, pero no era chillón, y los cristales no serían difíciles de barrer sobre el suelo de madera. Las primeras cosas que encontré en mi nueva casa fueron la escoba y el recogedor, situados en el armario escobero de la cocina.
– No creo que se hayan llevado nada -dijo Sewell con una buena dosis de sorpresa-, pero llamaré a la policía de todos modos. Hay gente que lee las esquelas para allanar las casas vacías.
