– Toda esta gente que viene de la capital -dijo, arqueando unas cejas profusamente pintadas.

– ¿Usted cree? -pregunté para establecer mi buena voluntad.

– Oh, claro, cielo. Vienen aquí huyendo de la gran ciudad, pero se traen sus costumbres con ellos.

Lawrenceton amaba el dinero de los inmigrantes, pero no confiaba en sus personas.

Mientras se dedicaban a quitar cristales rotos y poner los nuevos, fui al dormitorio de Jane, que daba a la parte delantera. De alguna manera, me resultaba más fácil estar allí acompañada. No soy supersticiosa, al menos no conscientemente, pero tenía la impresión de que la presencia de Jane era más fuerte allí, y tener a otras personas trabajando en la casa hacía que mi irrupción en la habitación fuese menos… personal.

Era un dormitorio amplio, con una gran cama de cuatro columnas con una mesilla a juego, una amplia cómoda con cajones y un espacioso tocador con un gran espejo cómodamente dispuesto. En lo que ya era una estampa familiar, el armario de puerta doble estaba abierto y su contenido, esparcido por el suelo de cualquier manera. A los lados había estanterías de obra, de donde el intruso había arramblado con zapatos y bolsos.

No hay nada tan deprimente como los zapatos de otra persona cuando tu tarea es la de disponer de ellos. Jane no se había preocupado demasiado en invertir en ropa y accesorios personales. No recordaba haberla visto nunca con una prenda que me llamase la atención, o siquiera algo que pudiera tildar de nuevo. Sus zapatos no eran caros y todos estaban gastados. Me daba la sensación de que Jane no había disfrutado de su dinero en absoluto; se había limitado a vivir en su pequeña casa con su fondo de armario de Penny’s y Sear’s, permitiéndose la única extravagancia de comprarse libros. Y siempre había parecido satisfecha; trabajó hasta que tuvo que jubilarse y luego volvió como sustituta en la biblioteca. Empezaba a sumirme en la melancolía y hube de sacudirme para desembarazarme de las penas.



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