Lo que necesitaba, me dije bruscamente, era volver con unas grandes cajas de cartón, meter toda la ropa de Jane y donarla a la beneficencia. Jane había sido un poco más alta que yo, y más recia también; así que sabía que no encontraría nada útil. Apilé toda la ropa tirada por el suelo y arrojé los zapatos sobre la cama; de nada serviría volver a ordenarlos en el armario cuando sabía que no los iba a necesitar. Al acabar, pasé unos minutos registrando los recovecos del armario.

No parecía ser más que eso, un armario.

Me di por vencida y me senté al borde de la cama, pensando en todos los cazos, sartenes, toallas, sábanas, revistas, libros, material de costura, adornos navideños, horquillas, redecillas y pañuelos que ahora eran míos y cuyo uso era mi responsabilidad. Solo mirar todo aquello resultaba agotador. Escuché ociosamente las voces de la pareja provenientes del dormitorio trasero. Una podría pensar que, como se pasaban las veinticuatro horas juntos, ya se lo habrían dicho todo, pero de vez en cuando se les oía lanzar algún comentario. Ese diálogo, tranquilo e intermitente, parecía afable y me ayudó a entrar en una especie de trance mientras permanecía sentada en el borde de la cama.

Tenía que trabajar tres horas esa tarde, de una a cuatro. Apenas tendría tiempo para ir a casa y prepararme para mi cita con Aubrey Scott… ¿De verdad necesitaría ducharme y cambiarme para ir al cine? Tras mi paso por el desván, no sería mala idea. Aquel día hacía más calor que el anterior. Cajas de cartón… ¿Dónde encontrar algunas resistentes? La licorería era una opción, pero las que tenían eran demasiado pequeñas para meter ropa. ¿Tendrían un buen aspecto las estanterías de Jane junto a las mías? ¿Debería traer mis libros aquí? Podía convertir el dormitorio de invitados en un estudio. La única persona que había pasado alguna vez la noche en mi casa y con quien no me había acostado, mi hermanastro Phillip, vivía ahora en California.



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