Entonces mi madre y John escenificaron su digna salida, brillantes el pelo y los dientes blancos del novio, mi madre tan glamurosa como de costumbre. Iban a pasar una luna de miel de tres semanas en las Bahamas.

El día de la boda de mi madre.


Me vestí para la primera boda, la de enero, como quien se enfunda en una armadura para ir a la batalla. Me había recogido la espesa y rebelde melena en un sofisticado peinado (eso esperaba) hacia atrás, me puse el sujetador que mejor resaltaba mis atributos y estrené un vestido dorado y azul con hombreras acolchadas. Los zapatos de tacón eran los mismos que me puse durante mi cita con Robin Crusoe, y suspiré pesadamente mientras me los ponía. Habían pasado meses desde la última vez que vi a Robin, y el día ya era lo bastante depresivo como para tener que pensar en él. Esos tacones al menos me harían tocar el techo del metro cincuenta y siete. Me maquillé con la cara lo más cerca posible del espejo iluminado, ya que sin mis gafas no veo tres en un burro. Me puse el maquillaje justo como para sentirme cómoda y un poquito más. Mis ojos redondos se hicieron más redondos todavía, las pestañas se alargaron y luego lo cubrí todo con mis amplias gafas de caparazón de tortuga.

Tras colar un precavido pañuelo en el bolso, me eché un vistazo en el espejo con la esperanza de parecer digna y despreocupada, y bajé las escaleras hacia la cocina de mi apartamento adosado para coger las llaves y un buen abrigo antes de acudir a uno de los eventos obligatorios más miserables: la boda de un reciente exnovio.

Arthur Smith y yo nos conocimos en el club que los dos frecuentamos: Real Murders

Y entonces, tan pronto como se encendió, la llama se extinguió, pero antes por su lado que por el mío. El mensaje que recibí fue: «Seguiré con esta relación hasta que encuentre la forma de salirme sin montar una escena», y con un inmenso esfuerzo auné la dignidad que me quedaba y di carpetazo a la relación sin dar lugar a tan temida escena. Pero por el camino perdí toda mi energía emocional y fuerza de voluntad y, durante al menos seis meses, no dejé de llorarle a mi almohada.



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