
Justo cuando me sentía mejor y llevaba una semana sin pasar por delante de la comisaría, vi el anuncio del compromiso en el Sentinel.
Me puse verde de celos, roja de rabia y azul de depresión. Decidí que nunca me casaría, que me limitaría a acudir a las bodas de las demás personas durante el resto de mi vida. Quizá encontrase una excusa para estar fuera de la ciudad el fin de semana de la ceremonia para evitar la tentación de atravesar la iglesia con el coche.
Entonces me llegó la invitación al buzón.
Lynn Liggett, novia de Arthur y detective como él, me había arrojado el guante. O al menos así fue como interpreté la invitación.
Ahora, ataviada de azul y dorado, con mi elegante peinado, lo acababa de comprender. Había comprado una bandeja cara e impersonal, al estilo de Lynn, en los grandes almacenes y le había pegado mi tarjeta. Ahora sí que iba a la boda.
El ujier era un oficial de policía que conocí cuando salía con Arthur.
– Me alegro de verte -dijo dubitativo-. Estás muy guapa, Roe. -Él parecía rígido e incómodo en su esmoquin, pero me ofreció su brazo según mandaban los cánones-. ¿Amiga de la novia o del novio? -preguntó automáticamente, pero entonces se puso rojo como un tomate.
– Digamos que amiga del novio -sugerí con cortesía, orgullosa de mi actitud. El pobre detective Henske me condujo por el pasillo hasta un asiento vacío y me dejó allí con evidente alivio.
Miré a mi alrededor lo menos posible, destinando todas mis energías a parecer relajada e indiferente, como si hubiese visto por casualidad la invitación en casa, estuviese casualmente vestida para la ocasión y hubiese decidido dejarme caer por allí. No me importó mirar a Arthur cuando hizo acto de presencia; todo el mundo lo estaba haciendo. Llevaba el pálido cabello rubio crespo, rizado y corto, los ojos azules tan directos y cautivadores como de costumbre. No resultó tan doloroso como había imaginado.
