– Os lo diré en cuanto tome una decisión -repetí, tan cortésmente como pude.

– Bien, bien. Te lo agradecemos, y si necesitas cualquier cosa, ven a pedírselo a Marcia en cualquier momento. Estoy fuera de la ciudad casi todas las semanas. Soy vendedor de suministros de oficina, lo creas o no, pero suelo estar en casa todos los fines de semana y algunas tardes y, como he dicho, Marcia siempre está en casa y le encantará ayudarte si está en su mano.

– Gracias por el ofrecimiento -respondí-. Estoy segura de que pronto os podré decir algo. Gracias por todo lo que has hecho en el jardín.

Y finalmente me marché de allí. Hice una parada en el Burger King para almorzar, lamentando no haberme llevado uno de los libros de Jane para leer mientras comía. Pero tenía muchas cosas en las que pensar: los armarios vaciados, los agujeros en el jardín trasero, las insinuaciones de Bubba Sewell sobre que Jane me había dejado un problema sin resolver. La tarea puramente física de despejar la casa de las cosas que no deseaba conservar y luego la decisión de qué hacer con la propia casa. Al menos todas esas consideraciones eran preferibles a seguir pensando en mí misma como una amante rechazada, afincando mis pensamientos en el futuro bebé de los Smith…, sintiéndome de alguna manera engañada por el embarazo de Lynn. Era mucho mejor tener decisiones que dependieran de mí, en vez de ser un objeto pasivo de las mismas.

«¡Ya!», me amonesté bruscamente para desterrar la melancolía mientras tiraba al cubo de basura el vaso y el envoltorio. Ahora, a trabajar, luego a casa y después a una cita de verdad. ¡Mañana, a madrugar en busca de esas cajas de cartón!

Debí recordar que mis planes rara vez salen bien.



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