
Capítulo 3
Las horas de trabajo de esa tarde se me pasaron sin pena ni gloria. Pasé tres horas en el mostrador de recepción y salida, manteniendo una conversación intrascendente con los clientes. Los conocía a casi todos por su nombre y de toda la vida. Podría haberles dado el día contándoles a todos, incluidos mis compañeros de trabajo, lo de mi buena suerte, pero de alguna manera me parecía una falta de modestia. Y no es que hubiera muerto mi madre, lo que supondría un traspaso lógico de la fortuna. El legado de Jane, que ya empezaba a ponerme más nerviosa (casi) que feliz, era tan difícil de explicar que me avergonzaba un poco hablar de ello. Todo el mundo lo acabaría descubriendo tarde o temprano… Divulgarlo ahora sería más comprensible que mantenerlo en silencio. De todos modos, los demás bibliotecarios hablaban de Jane; había realizado labores de sustitución allí después de jubilarse de su puesto en el sistema de enseñanza, y había sido una gran lectora durante muchos años. Coincidí con muchos compañeros en el funeral.
Pero no era capaz de dar con ninguna manera casual de meter el legado de Jane en la conversación. Ya me imaginaba el arqueo de cejas, las miradas que se me pegarían a la espalda. Jane me había facilitado la vida de muchas formas aún no descubiertas, pero la había dificultado de manera que ya empezaba a percibir. Al final decidí mantener la boca cerrada y asumir lo que los cotilleos locales pudieran dar de sí.
Lillian Schmidt casi echó por tierra mi determinación cuando observó que había visto que Bubba Sewell, el abogado, se dirigía a mí en el cementerio.
– ¿Qué es lo que quería? -preguntó Lillian directamente, mientras se cerraba el cuello de la blusa para hacer desaparecer temporalmente el espacio entre los botones.
Me limité a sonreír.
– ¡Oh! Bueno, ahora está soltero, pero ya sabes que ha estado casado en un par de ocasiones -me contó con deleite. Los botones volvían a estar a la vista.
