
– Entonces, a lo mejor, si él y Lizanne han roto, quizá quiera tirarte a ti los tejos. -Lillian siempre volvía al meollo de la cuestión, tarde o temprano.
– No, esta noche saldré con Aubrey Scott -dije, tras armar el argumento mientras ella recitaba las desventuras maritales de Bubba Sewell-. El sacerdote episcopaliano. Nos conocimos en la boda de mi madre.
Funcionó, y el gran placer de Lillian por saber algo en exclusiva la puso de buen humor para lo que quedaba de tarde.
No sabía cuántos episcopalianos había en Lawrenceton hasta que salí con su sacerdote.
Mientras hacíamos cola para comprar las entradas del cine, conocí al menos a cinco miembros de la congregación de Aubrey. Traté de irradiar respetabilidad e integridad, lamentando que mi mata de pelo no hubiese sido más mansa cuando traté de domarla, antes de que me la recogiera. Sobrevolaba por mi cabeza como una nube, y ya iba por la centésima vez que pensaba en cortármelo todo. Al menos mis pantalones azules y mi llamativa blusa amarilla eran nuevos, y el sencillo conjunto de cadena y pendientes de oro estaba bien, aunque sencillo, como digo. Aubrey iba vestido de civil, lo cual contribuyó definitivamente a mi relajación. Estaba desconcertantemente atractivo con sus vaqueros y camisa; no pude evitar algunos pensamientos muy seglares.
Escogimos una comedia y nos reímos en las mismas escenas, lo que era prometedor. Nuestra compatibilidad se extendió durante la cena, en la que la mención de la boda de mi madre desencadenó en Aubrey ciertos recuerdos de bodas que habían salido desastrosamente mal.
– Y la chica de las flores vomitó en plena boda -concluyó.
– ¿Has estado casado? -pregunté animadamente. Había sacado el tema a propósito, así que sabía que estaba haciendo lo correcto.
