
– Soy viudo. Ella murió hace tres años de cáncer -explicó sencillamente.
La mirada se me cayó como un peso sobre el plato.
– No he salido con muchas chicas desde entonces -prosiguió-. Me siento bastante… inepto en ese sentido.
– Pues lo estás haciendo muy bien hasta ahora -le tranquilicé.
Su sonrisa no hizo sino acentuar su atractivo natural.
– Por lo que me dicen los adolescentes de mi congregación, las citas han cambiado mucho en los últimos veinte años, desde la última que tuve. No quiero… Solo quiero airearme. Parece que a veces te pone un poco nerviosa salir con un sacerdote.
– Bueno…, sí.
– Vale, no soy perfecto y no espero que tú lo seas. Todo el mundo tiene actitudes y opiniones que no recorren precisamente la línea de la espiritualidad; todos lo intentamos, y nos llevará toda la vida llegar allí. Eso es lo que yo creo. En lo que no creo es en el sexo prematrimonial; estoy esperando que algo cambie mi parecer en ese sentido, pero, hasta el momento, eso no ha pasado. ¿Querías saber alguna de estas cosas?
– A decir verdad, sí. Era precisamente lo que quería saber. -Lo que me sorprendió fue el gran alivio que sentí ante la certeza de que Aubrey no intentaría llevarme a la cama. En la mayoría de las citas que había tenido en los últimos diez años, me había pasado la mitad del tiempo preocupada por lo que ocurriría cuando el chico me llevase a casa. Ahora especialmente, después de mi apasionada relación con Arthur, que Aubrey no esperase que tomase una decisión así me quitaba un gran peso de encima. Me iluminé y empecé a disfrutar plenamente. Él no volvió a sacar el tema de su mujer y yo estaba segura de que no se lo iba a volver a sacar.
La negativa al sexo prematrimonial de Aubrey no implicaba lo mismo con los besos prematrimoniales, según descubrí cuando me acompañó hasta la puerta trasera de mi casa.
– Podríamos quedar otro día.
