
– Llámame -le dije con una sonrisa.
– Gracias por esta velada.
– No, gracias a ti.
Nos despedimos con buen sabor de boca y, mientras me lavaba la cara y me ponía el camisón para dormir, el día siguiente no se me antojó tan desalentador. Libraba en el trabajo, así que podría dedicar el tiempo a trabajar en la casa de Jane. Mi casa. Aún no me acostumbraba a la idea de ser la propietaria.
Pero pensar en la casa me condujo a la preocupación por el intruso, por los agujeros en el jardín trasero que aún no había visto y por el objeto de su extraña búsqueda. Debía de ser un objeto demasiado grande para caber en la caja de seguridad que Bubba Sewell había mencionado; además, me había comentado que no había gran cosa en ella, insinuando que ya había visto su contenido.
Fui cayendo en el sueño mientras pensaba. Algo que no podía dividirse, algo que no podía aplanarse…
Cuando desperté a la mañana siguiente, sabía dónde debía estar escondida esa cosa.
Me sentía como si estuviese cumpliendo una misión secreta. Tras enfundarme unos vaqueros y una camiseta y desayunar una tostada, rebusqué en el contenido del cajón de las herramientas. No estaba segura de lo que iba a necesitar. Era probable que Jane tuviese esas herramientas básicas, pero no me apetecía perder el tiempo buscándolas. Me hice con un martillo de orejas y dos destornilladores y, tras pensarlo un momento, añadí una espátula ancha. Conseguí meterlo todo en mi bolso, a excepción del martillo, que al final también metí, pero dejando sobresalir el mango. Demasiado obvio, me dije. Me lavé los dientes rápidamente y no me entretuve maquillándome. A las ocho de la mañana ya estaba doblando por el camino privado desde Honor.
Metí el coche en el garaje y accedí a la casa a través de la puerta de la cocina. El lugar estaba sumido en el silencio y la atmósfera se resentía por la falta de ventilación. Encontré el termostato en el pequeño pasillo y lo encendí en la posición de «fresco».
