
Estiré la mano y tiré de la esquina de la funda, sacudiéndola con suavidad hacia delante y hacia atrás para no perturbar excesivamente su contenido. Pero finalmente tuve que tirar del todo, y lo que había estado dentro rodó a un lado.
Una calavera me sonreía desde la quietud.
– Oh, Dios mío -dije, cerrando de golpe la tapa y sentándome encima, cubriéndola con mis manos temblorosas. Un minuto después estaba sumida en una acción frenética, bajando las persianas, cerrándolo todo, comprobando que la puerta delantera tenía el pestillo echado, encontrando el interruptor de la luz y encendiendo la bombilla del techo del repentinamente oscurecido cuarto.
Volví a abrir la tapa del asiento de la ventana, deseando que su contenido hubiese cambiado milagrosamente.
La calavera seguía en su sitio con una sonrisa suelta.
Entonces sonó el timbre.
Di un salto. Por un segundo me quedé quieta, presa de la indecisión. Entonces decidí meter todas las herramientas en el hueco, con la calavera, cerré la tapa y la cubrí con la moqueta suelta. No quedaría muy bien, sobre todo tras haberla arrancado de forma tan inexperta, pero hice lo que pude y coloqué encima unos bonitos cojines en los rincones para disimular los daños. Aun así, la moqueta se combaba un poco. Traté de colocarla y le puse el peso de mi bolso encima. No cambiaba nada. Cogí unos libros de las estanterías y probé con ellos. Mucho mejor. La moqueta se mantenía en su sitio. El timbre sonó otra vez. Me tomé un momento para recomponerme la cara.
Carey Osland, sin el perro, me sonreía amigablemente cuando abrí la puerta. Su pelo castaño oscuro estaba recorrido por ligeras vetas grises, pero no había ni una arruga en su bonito rostro redondo. Llevaba un vestido que superaba por poco la categoría de albornoz y unos mocasines desgastados.
– Hola, vecina -dijo alegremente-. Aurora Teagarden, ¿verdad?
