– Sí -contesté, haciendo un tremendo esfuerzo para sonar relajada y tranquila.

– Me llamo Carey Osland y vivo en la casa de las rosas, en la esquina -indicó.

– Creo que ya nos conocimos, Carey, en una despedida de soltera, creo.

– Es verdad… Hace mucho tiempo. ¿Quién se casaba?

– Pasa, pasa. ¿No era la despedida de Amina tras su fuga?

– Pues tiene que ser, porque entonces yo trabajaba en la tienda de ropa de su madre y por eso me invitó. Ahora trabajo en Marcus Hatfield.

Marcus Hatfield era el Lord & Taylor

– Por eso voy tan desaliñada ahora -prosiguió Carey felizmente-. Me estoy cansando de arreglarme.

– Tienes unas uñas estupendas -admiré. Siempre me impresionan las personas capaces de mantener unas uñas largas y cuidadas. También estaba poniendo todo mi empeño en no pensar en el asiento de la ventana, en ni siquiera mirar en su dirección. Indiqué a Carey que se sentara en el sofá para que le diese la espalda parcialmente mientras yo optaba por el sillón.

– Oh, cariño, no son de verdad -dijo Carey cálidamente-. No sería capaz de dejar de mordérmelas o romperlas… Bueno, se ve que Jane y tú erais buenas amigas.

El repentino cambio de tema y la comprensible curiosidad de Carey me cogieron desprevenida. Mis vecinos no eran desde luego de la variedad impersonal de las grandes ciudades.

– Me dejó la casa -declaré, pensando que no había más que decir.

Y así fue. Carey no hizo nada por rodear la frase y hurgar más acerca de nuestra relación.

Pero yo sí que empezaba a hacerme preguntas al respecto. Especialmente teniendo en cuenta el pequeño problema que Jane me había dejado entre manos.

– ¿Y has pensado venirte a vivir aquí? -Carey se había recompuesto y me contraatacaba con más determinación si cabe.

– No lo sé. -No añadí más explicaciones. Carey Osland me caía bien, pero necesitaba quedarme a solas con la cosa del asiento de la ventana.



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