
Cuando empezó la «Marcha nupcial», todo el mundo se levantó para recibir a la novia y yo apreté los dientes con expectación. Estaba bastante convencida de que mi rígida sonrisa tenía más de mueca que de gruñido. Reacia, me volví para contemplar la entrada de Lynn. Allí estaba ella, envuelta de blanco, el velo tapándole la cara, tan alta como Arthur y el corto pelo rizado para la ocasión. Lynn era casi treinta centímetros más alta que yo, cosa que en su momento le había molestado, pero tenía la sensación de que pronto dejaría de hacerlo.
Llegó el momento de que pasara ante mí. Cuando la vi de perfil, no pude evitar abrir la boca. Lynn estaba embarazadísima.
Mi fuerte impresión era fácil de entender; siempre tuve claro que no quería quedarme embarazada mientras salía con Arthur, y me habría horrorizado verme obligada a casarme en tal situación. Pero a menudo sí que había pensado en el matrimonio, incluso en tener hijos algún día. La mayoría de las mujeres de mi edad piensan en una cosa o en la otra, si no en las dos. De alguna manera, durante un breve instante, me sentí como si me hubieran robado algo.
Saliendo de la iglesia me aseguré de hablar con el mayor número de personas posible para que mi presencia llegara a oídos de la feliz pareja. Y me salté la recepción. No tenía ningún sentido someterme a ella. De hecho, pensaba que había sido una completa estupidez presentarme siquiera. Nada galante, nada valiente; simplemente estúpida.
El funeral vino en tercer lugar, a pocos días de la boda de mi madre, y fue bastante decente en cuanto a ese tipo de eventos se refiere. A pesar de ser primeros de junio, el día en que Jane Engle fue enterrada no fue insufriblemente cálido ni tampoco llovió.
