¿Cómo diablos había podido causar una anciana como Jane un golpe como ese? ¿De quién se trataba? Puede que un visitante se hubiese caído y se hubiese golpeado la base del cráneo, o algo parecido, y Jane hubiera temido ser acusada de asesinato. Era una premisa conocida, incluso reconfortante, para cualquier lector de misterio. Luego pensé en Arsénico por compasión. ¿Y si era un sin techo o una persona solitaria sin familia? Pero Lawrenceton no era lo suficientemente amplia como para que un desaparecido pasara desapercibido, pensé. Al menos yo no recordaba un caso así en años.

No desde que el marido de Carey Osland se fue a por pañales y nunca regresó.

Casi solté la calavera. ¡Oh, Dios mío! ¿Sería Mike Osland? Deposité la calavera sobre la mesa de centro de Jane con mucho cuidado, como si pudiese hacerle daño si no era delicada. ¿Qué podía hacer con ella ahora? No podía dejarla otra vez en el asiento de la ventana, ahora que había soltado la moqueta y comprometido su escondite. No había manera de dejar la moqueta como la había encontrado. Quizá, ahora que ya habían irrumpido en la casa, podría esconder la calavera en uno de los lugares que el intruso ya había registrado.

Eso suscitó toda una batería de nuevos interrogantes. ¿Acaso era lo que el intruso estaba buscando? Si Jane había matado a alguien, ¿cómo podía saberlo otra persona? ¿Por qué buscarla ahora? ¿Por qué no ir a la policía sin más y decir que Jane tenía una calavera en alguna parte de su casa y que estaba seguro de ello? Por descabellado que pareciera, es lo que la mayoría de la gente haría. ¿Por qué no lo había hecho esa persona?

Se me estaban acumulando más preguntas de las que solía responder en la biblioteca en un mes. Además, estas eran mucho más fáciles de resolver. «¿Me podrías recomendar una novela de misterio sin, ya sabes, mucho sexo? Es para mi madre» era mucho más fácil que «¿De quién es la calavera que yace en mi mesa del salón?».



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