
Vale, lo primero era lo primero. Esconder la calavera. Sentí que sacarla de la casa sería lo más seguro. Digo «sentí» porque, en mi estado, ya había rebasado toda capacidad de razonamiento.
Cogí una bolsa de la compra de la cocina e introduje en ella la calavera. Metí un bote de café en otra, suponiendo que dos bolsas serían menos sospechosas que una sola. Tras recomponer el asiento de la ventana lo mejor que pude, miré el reloj. Eran las diez en punto. Carey Osland ya debía de estar en el trabajo. Había visto a Torrance Rideout salir, pero, según lo que me había dicho el día anterior, su mujer debía de estar en casa, a menos que estuviese haciendo algún recado.
Miré a hurtadillas a través de la persiana. La casa de enfrente de la de Torrance estaba tan tranquila como el día anterior. En la que había frente a la de Carey Osland había dos niños jugando en el jardín lateral, junto a Faith Street, a buena distancia. Todo despejado. Pero en ese preciso momento una furgoneta de mudanzas aparcó delante de la casa, al otro lado de la calle.
– Oh, genial -murmuré-. Sencillamente genial.
Pero, tras un instante, decidí que la furgoneta de mudanzas atraería más la atención que mi salida, si es que alguien estaba observando. Así que, antes de preocuparme más por ello, cogí mi bolso y las dos bolsas de la compra y fui a la cochera a través de la cocina.
– ¿Aurora? -llamó una voz incrédula.
Con la firme sensación de que el destino me estaba gastando una buena, me volví hacia las personas que saltaban de la furgoneta de mudanzas para ver que mi exnovio, el detective Arthur Smith, y su novia, la detective de homicidios Lynn Liggett, se mudaban a la casa de enfrente.
Capítulo 4
