
De lo extravagante y lo desquiciante, mi día había pasado a lo surrealista. Anduve con unas piernas que no sentía como mías hacia los dos detectives, el bolso colgado del hombro, un bote de café en la bolsa de la mano derecha y una calavera perforada en la de la izquierda. Mis manos empezaron a sudar. Intenté forzar una expresión agradable en la cara, pero no tuve la menor idea de cuál fue el resultado.
Lo siguiente que dirían, pensé, lo siguiente que dirían sería… «¿Qué llevas en la bolsa?».
Lo único positivo de encontrarme en ese momento con la embarazadísima señora Smith era que estaba tan preocupada por la calavera que la situación personal de todos me importaba un bledo. Pero era muy consciente (demasiado) de que no iba maquillada y que solo llevaba el pelo sujeto con una cinta.
La hermosa piel de Arthur se puso roja, cosa que ocurría cuando se sentía abochornado, enfadado o… Bueno, no, no pensemos en eso. Arthur era demasiado duro como para abochornarse con facilidad, pero así se sentía en ese momento.
– ¿Estás de visita? -preguntó Lynn, esperanzada.
– Jane Engle ha muerto -expliqué-. ¿Te acuerdas de Jane, Arthur?
Asintió.
– La experta en Madeleine Smith.
– Me ha dejado la casa -dije, y una parte infantil de mí quiso añadir: «Y toneladas de dinero». Pero mi parte más madura vetó el comentario, no solo porque llevaba una calavera en una bolsa y no quería prolongar el encuentro, sino porque el dinero no era un argumento válido para esgrimirlo contra Lynn por quedarse con Arthur. Mi mente moderna me decía que una mujer casada no tenía por qué mantener sus cuitas con una soltera, pero mi yo más primitivo creía firmemente que nunca saldaría la cuenta con Lynn hasta que me casase.
Era un día fragmentado en el mundo de los Teagarden.
Los Smith parecían desalentados, y no les faltaban razones. Llegan a la casa de sus sueños con el bebé de camino (muy de camino), y aparece la exnovia justo al otro lado de la calle.
