– No sé si me vendré a vivir aquí -dije antes de que me preguntaran-, pero iré y volveré dentro de las dos próximas semanas para arreglar las cosas. -¿Tenía algún arreglo todo esto?

Lynn suspiró. La miré, viéndola realmente por primera vez. Su pelo moreno y corto parecía sin vida y, lejos de brillar con el embarazo, como había oído que solía pasar, su piel parecía manchada. Pero al volverse para mirar la casa, parecía feliz.

– ¿Cómo te sientes, Lynn? -pregunté cortésmente.

– Muy bien. La ecografía ha mostrado que el bebé está mucho más desarrollado de lo que nos imaginábamos, puede que siete semanas, así que nos hemos dado prisa en comprar la casa para tenerlo todo preparado antes de que nazca.

En ese instante, gracias al cielo, un coche aparcó detrás de la furgoneta, y de él salieron varios hombres. Los reconocí como los compañeros del cuerpo de Arthur y Lynn; venían a ayudar a descargar la furgoneta.

Entonces me di cuenta de que el hombre al volante, un tipo corpulento unos diez años mayor que Arthur, era Jack Burns, el sargento detective y una de las pocas personas en el mundo a las que temía de verdad.

Se habían juntado al menos siete agentes de policía, incluido Jack Burns, y allí me encontraba yo con… Temía siquiera pensarlo con Jack Burns cerca. Su celo por aplicar castigo a los malhechores era tan agudo, su rabia interior ardía con tal fuerza, que sentía que podría oler el encubrimiento y la falsedad. Me empezaron a temblar las piernas. Tenía miedo de que alguien se percatase. ¿Cómo demonios se las arreglaban sus dos hijos adolescentes para tener una vida privada?

– Me alegro de haberos visto -dije abruptamente-. Espero que la jornada de mudanza se os dé muy bien.

Ellos también se sintieron aliviados por la conclusión del encuentro. Arthur me saludó como si tal cosa cuando uno de sus compañeros abrió la parte de atrás de la furgoneta y lo reclamó para el trabajo.



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