– Ven a visitarnos cuando te instales -me mintió Lynn cuando me despedí y me volví para irme.

– Tómatelo con calma -dije por encima de mi hombro mientras cruzaba la calle sobre unas piernas de goma.

Coloqué las bolsas con cuidado en el asiento del copiloto y me deslicé en el coche. Quería quedarme sentada temblando durante un rato, pero mayor era mi deseo de salir de allí, así que metí la llave, arranqué el motor, encendí el aire acondicionado a plena potencia y me tomé un momento para abrocharme el cinturón y darme unos toques en la cara (que estaba anegada en sudor) con un pañuelo; cualquier cosa con tal de calmarme un poco antes de ponerme a conducir. Salí marcha atrás por un camino privado que no me era nada familiar, la furgoneta de mudanzas aparcada justo enfrente, rodeada de gente que no paraba de moverse, lo que hacía que el proceso fuese aún más complicado.

Conseguí lanzar un saludo con la mano a la cuadrilla y algunos de ellos me lo devolvieron. Jack Burns se limitó a mirar; volví a pensar en su mujer e hijos, que tenían que vivir bajo esa ardiente mirada que parecía capaz de ver todos los secretos. ¿Y si la apagaba en casa? A veces, incluso los hombres bajo su mando parecían incómodos con él, según supe mientras salía con Arthur.

Conduje sin rumbo concreto durante un rato, preguntándome qué hacer con la calavera. Odiaba la idea de llevármela a casa; allí no tenía donde ocultarla. Tampoco podía tirarla hasta decidir qué hacer con ella. Mi caja de seguridad del banco no era lo bastante grande, y probablemente la de Jane tampoco; de lo contrario, seguro que la habría dejado allí desde un principio. En fin, la idea de llevar una bolsa de papel de la compra al banco era suficiente por sí misma para hacerme reír histéricamente. Lo que estaba claro era que no podía dejarla en el maletero del coche. Comprobé con una mirada que la pegatina de la inspección técnica del coche estaba en orden; sí, gracias a Dios. Pero podían pararme por cualquier infracción de tráfico en cualquier momento; no me había pasado nunca, pero, tal como me estaban yendo las cosas ese día, todo me parecía posible.



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