Tenía una llave de la casa de mi madre y ella estaba fuera.

Tan pronto se me pasó la idea por la cabeza, doblé en la siguiente esquina y hacia allí me dirigí. No me consolaba la idea de usar la casa de mi madre para tal propósito, pero en ese momento me pareció el mejor recurso.

El aire estaba caliente en la gran casa de mi madre, en Plantation Drive. Corrí escaleras arriba a mi antigua habitación sin pensarlo. Me detuve a recuperar el aliento delante de la puerta mientras pensaba en un buen escondite. Ya casi no quedaban cosas mías allí, y la habitación se había convertido en otro cuarto de invitados más, pero a lo mejor encontraba algo en el armario.

En efecto: una bolsa de plástico rosa con cremallera donde mi madre guardaba las mantas de las camas gemelas de esa habitación. Nadie iría a buscar una sábana con este tiempo. Saqué una banqueta de debajo del tocador, me subí encima y abrí la cremallera de la bolsa de plástico. Cogí mi bolsa de cartón, con su escalofriante contenido, y la introduje entre las mantas. La cremallera ya no volvería a cerrarse con el bulto extra.

Aquello estaba adquiriendo tintes grotescos. Bueno, más grotescos todavía.

Saqué una de las mantas y redoblé la otra en la mitad de la bolsa, dejando el resto del espacio para la calavera. Ahora la cremallera sí que cerraba y no parecía demasiado abultada, decidí. Volví a empujarla hasta el fondo de la estantería.

Ya solo tenía que encontrar un sitio para la manta. El mueble de los cajones estaba solo parcialmente lleno de objetos insignificantes; mi madre mantenía dos cajones libres para los invitados. Empujé la manta en uno de ellos, lo cerré con un golpe y volví a abrirlo. Quizá necesitase el cajón. John se traería todas sus cosas cuando volviesen de la luna de miel. Me entraron ganas de sentarme en el suelo y ponerme a llorar. Me quedé de pie, sosteniendo la manta, indecisa, pensando seriamente en quemarla o llevármela a casa conmigo. Mejor la manta que la calavera.



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