
La pequeña iglesia episcopaliana albergaba a un razonable número de personas (yo no diría que dolientes, porque la muerte de Jane fue más bien un momento que marcar en el calendario antes que una ocasión trágica). Jane era mayor y resultó que también estaba muy enferma, aunque no se lo había dicho a nadie. Los ocupantes de los bancos de la iglesia habían acudido a ese mismo sitio con ella o la recordaban de los años que trabajó como bibliotecaria en el instituto, pero no tenía más familia que un primo igualmente mayor, Parnell Engle, que estaba demasiado enfermo ese día para acudir. Aubrey Scott, el sacerdote episcopaliano, a quien no había visto desde la boda de mi madre, fue muy elocuente acerca de la vida inofensiva de Jane, su encanto y su inteligencia. Claro que también había tenido su lado más agrio, pero el reverendo Scott había tildado sutilmente esa característica como «pintoresca». No era un adjetivo que yo hubiese empleado para la canosa de Jane, solterona como yo, me recordé tristemente, preguntándome cuánta gente acudiría a mi funeral. Recorrí con la mirada los rostros que ocupaban los bancos, todos ellos más o menos familiares. Aparte de mí, había otro miembro de Real Murders, un club disuelto en el que Jane y yo habíamos trabado amistad. Se trataba de LeMaster Cane, un hombre de negocios negro. Estaba sentado solo en un banco del fondo.
Decidí que me pondría a su lado en el cementerio para que no se sintiese tan solo. Cuando le murmuré que me alegraba de verlo, respondió:
– Jane era la única persona blanca que me miraba como si no tuviese claro de qué color era mi piel. -Lo cual bastó para cerrarme la boca.
Me di cuenta de que no conocía a Jane tan bien como pensaba. Por primera vez sentí que la echaría de menos realmente.
Pensé en su pequeña y ordenada casa, atestada con los muebles de su madre y sus propios libros. Recordé que le gustaban los gatos y me pregunté si alguien se había hecho cargo de Madeleine, su dorada atigrada. La había llamado así en honor a la prisionera escocesa del siglo XIX Madeleine Smith, la asesina favorita de Jane. Puede que Jane fuera más «pintoresca» de lo que pensé en un principio. No conocía a muchas ancianitas que tuvieran un asesino favorito. A lo mejor yo también era «pintoresca».