Avancé lentamente hacia mi coche, dejando a Jane Engle para siempre en el cementerio de Shady Rest. Creí oír que alguien pronunciaba mi nombre a mi espalda.

– ¡Señorita Teagarden! -jadeó un hombre que corría para alcanzarme. Lo esperé preguntándome qué demonios querría de mí. Su rostro redondo y enrojecido, coronado por un cabello marrón cada vez más escaso, me resultaba familiar, pero fui incapaz de recordar su nombre-. Bubba Sewell -se presentó, dándome un apresurado apretón de manos. Tenía el acento sureño más marcado que había escuchado nunca-. Era el abogado de la señora Engle. Usted es Aurora Teagarden, ¿verdad?

– Sí, disculpe -dije-. Es que me ha cogido por sorpresa. -Recordé que había visto a Bubba Sewell en el hospital durante la enfermedad de Jane.

– Pues menos mal que ha venido hoy -respondió Bubba Sewell. Había recuperado el aliento y lo vi tal como pretendía presentarse a los demás: como un hombre capaz de comprarse un traje caro, sofisticado pero accesible. Un chico bueno de universidad. Sus pequeños ojos marrones me miraban con agudeza y curiosidad-. La señora Engle incluyó una cláusula en su testamento que le concierne -explicó elocuentemente.

– ¿Oh? -Sentí que mis tacones se hundían en el terreno suave y me pregunté si no debería quitarme los zapatos y quedármelos en la mano. Hacía el calor suficiente para humedecerme la cara; por supuesto, las gafas empezaron a deslizarse por mi nariz. Las devolví a su sitio con un empujón de mi dedo índice.

– ¿Cree que podría acompañarme a mi despacho para hablar del asunto?

Miré automáticamente el reloj.



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