
– Sí, pero, a pesar de todo, las probabilidades son pocas, Patti.
– Hasta hoy -contestó ella con un deje de amargura-. Es curioso, pero en cuanto la vi entrar tuve la impresión de que Margaret Kelly parecía increíblemente orgullosa de sí misma. Por supuesto, al principio todas se interesaron por saber cómo estaba yo y qué me había sucedido, y no hacían más que maravillarse de mi curación, de cómo había superado la crisis y de mi buen estado de ánimo. -Se detuvo para sonreír al doctor Christian con sincera y afectuosa gratitud-. Realmente doctor, si no hubiese oído a esas dos mujeres hablar de usted en Friendly, no sé qué habría hecho.
– Y ¿qué pasó con Margaret Kelly? -preguntó él.
– Sacó una bola roja.
Él comprendió y le hubiera podido describir detalladamente todo lo que sucedió a continuación, pero se limitó a asentir, alentándola a que contara la historia a su manera.
– ¡Dios mío! En mi vida había visto cambiar con tanta rapidez a un grupo de mujeres. Estábamos tomando café y conversando tranquilamente como solíamos hacer siempre hasta que, de repente, Cynthia Cavallieri -ese día estábamos reunidas en su casa- miró a Margaret Kelly y le preguntó por qué ponía esa cara de gatita que ha conseguido su plato de crema. Margaret explicó que acababa de recibir una carta de la OSH, en la que le comunicaban que estaba autorizada a concebir un segundo hijo. Seguidamente, sacó de su bolso un fajo de papeles; cada página estaba sellada con varios tampones oficiales. Supongo que la OSH debe hacer todo lo posible para evitar la falsificación de permisos y esas cosas.
Patti Fane se detuvo para evocar la escena de la sala de estar de Cynthia Cavallieri; se estremeció primero; luego, se encogió de hombros.
– Todas guardaron absoluto silencio -continuó diciendo-. Hacía frío en la habitación, pero le aseguro que, en cuestión de pocos segundos, la temperatura bajó a varios grados bajo cero.
