
Patti Fane -catalogada como Pat-Pat primera por el doctor- había llegado a su consultorio tres meses antes, presa de una honda depresión, que comenzó cuando extrajo una bola azul -perdedora- en el sorteo de la Oficina del Segundo Hijo, un fracaso que le resultó más duro de soportar porque ya había cumplido los treinta y cuatro años y, por lo tanto, iba a ser borrada de la lista de madres potenciales de un segundo hijo de la Oficina. Afortunadamente, cuando el doctor consiguió traspasar las defensas externas de su depresión, encontró a una mujer cálida y sensata, dispuesta a entrar en razones y fácilmente orientable hacia pensamientos más positivos. En realidad, ése era el caso de la mayoría de sus pacientes, porque sus problemas no eran imaginarios, sino demasiado reales y sólo se solventaban cuando los razonamientos se apoyaban en la fortaleza de espíritu.
– Le aseguro que cuando les conté el motivo de mi depresión fue como si removiera un nido de podredumbre -continuó diciendo la señora Patti Fane-. Me gustaría saber por qué las mujeres son tan reservadas cuando piden permiso a la OSH para tener un segundo hijo. Doctor, todas las Pat-Pat hemos estado presentando esa solicitud anualmente. Pero ninguna de nosotras lo había admitido abiertamente una sola vez. Y, ¿no le parece increíble que ninguna de nosotras haya conseguido extraer una bola roja? A mí me resulta sorprendente.
– No es de extrañar -contestó él en un tono bondadoso-. En la OSH las probabilidades del sorteo son de diez mil a una, y ustedes no son más que siete.
– Pero todas disfrutamos de una buena posición económica; hemos superado con éxito todas las pruebas médicas desde nuestra boda; tuvimos ya nuestro primer hijo y no olvide que todo ello suma muchos puntos a nuestro favor.
