– ¿Y se los sacaron?

Patti Fane se mostró muy satisfecha.

– ¡No, yo lo impedí, yo, doctor! ¿No le parece increíble? Las obligué a tomar asiento y tomé la voz cantante. Les dije que se estaban portando como niñas y que me avergonzaba de ser miembro de las Pat-Pat. Y entonces salió a relucir la verdad: todas habíamos enviado anualmente la solicitud a la OSH. Les pregunté por qué se avergonzaban de tratar de tener otro hijo y de que se les denegara.

– Entonces, me imagino que debe vivir con un tremendo agobio.

– Así es, ése es el problema. Es la mujer del presidente de Chubb, vive en una casa inmensa, tiene servicio, tiene un coche permanentemente a su servicio y la semana pasada cenó en la Casa Blanca. Las Pat-Pat son su único contacto con el mundo exterior, tal vez no desde el punto de vista económico, pero estamos en una situación más privilegiada que el resto del mundo. Y yo pensé que a Margaret podía hacerle mucho bien hablar con usted.

Él se inclinó hacia delante.

– Patti, ¿cree que podría contestarme con sinceridad a una pregunta dolorosa?

La seriedad del tono del médico apagó por un instante el júbilo de la paciente.

– Lo intentaré.

– Si Margaret Kelly le preguntara, si usted cree que ella debe o no concebir ese hijo que le acaban de autorizar, ¿qué le contestaría?

Era una pregunta dolorosa, pero ya había quedado atrás esa época en que se pasaba las veinticuatro horas del día mirando fijamente a una pared, tratando de encontrar el método más seguro para matarse. Y lo único importante era que esa época ya no se repetiría.

– Le contestaría que siguiera adelante y que concibiera a su hijo.

– ¿Por qué?



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